Visibilizando la violencia entre hombres.

Visibilizando la violencia entre hombres.

Manuel Turretn Riquelme*

“La vulnerabilidad es la esencia de la conexión y la conexión es la esencia de la existencia.”
—Leo Christopher

Durante los primeros veinte años del siglo XXI, la sociedad ha puesto en la agenda de género una serie de luchas que retoman causas iniciadas hace más de 60 años, como la participación de las mujeres en la política, o amplían el alcance de otros derechos apropiados, como el reconocimiento del matrimonio igualitario. Sin embargo, al definir las transformaciones que nos exigen estos tiempos y los límites que requiere su ejercicio, aún hay muchas discusiones complicadas por enfrentar.
 
Y es que, como escribió Virginia Woolf hace cien años en su ensayo Una habitación propia, “la historia de la oposición de los hombres a la emancipación de las mujeres es más interesante quizá que el relato de la emancipación misma”. Pensemos, por ejemplo, en la relación entre las palabras “hombre” y “violencia”.
 
De cierta manera, el poder y la dominación de hombre están adheridas al ADN social de hombres y mujeres por igual. Consciente e inconscientemente, parte de la sociedad acepta e incluso exige ciertas características y comportamientos por parte del hombre: fuerza, superioridad, éxito económico, agresividad, entre otros… Pero ¿qué sucede si damos un paso atrás, dejamos de ver las diferencias de género y volteamos a ver el problema de la violencia como sistema?

Por un lado, nuestra historia como sociedad es testigo de cómo establecemos relaciones jerárquicas. Muy pocas culturas han logrado sostener relaciones igualitarias y horizontales. Nos han enseñado —y enseñamos— a someternos a la autoridad, a ser la autoridad, o a pelear para determinar cuál de las dos partes tiene el poder. No educamos en una cultura hegemónica de respeto, cooperación y solidaridad.

 

Por otro, la cultura patriarcal ha legitimado la creencia de que lo masculino es el género con derecho al poder. El control y el abuso del poder son dos de las estrategias utilizadas por los hombres que violentan a otros hombres. Esto ha generado, a su vez, el problema de definir la masculinidad.

Foto de Lopez Robin en Unsplash

La masculinidad toxico, o masculinidad hegemónica, impone un modo particular sobre cómo tiene que ser un hombre y anula la jerarquía social de otras masculinidades.

 

La masculinidad hegemónica crea al sujeto masculino que, por lo general, se muestra obsesionado en mantener su independencia, hermético en cuanto a sus sentimientos, controlador, “racional”, con vínculos despersonalizados, egocéntrico y en una búsqueda constante de superioridad. En este sentido, el poder, la dominación y la competencia son sinónimos de masculinidad.

Dada la rigidez en lo que significa ser “hombre”, es pertinente preguntarse, ¿qué pasa con los hombres que no cumplen dicho arquetipo masculino? ¿Son suficientemente “hombres”? ¿Cómo los concibe la sociedad? ¿Cómo se conciben a sí mismos? ¿A qué tipo de vulnerabilidad se ven expuestos?

 

Foto de Zoltan Tasi en Unsplash

Como bien lo ha definido la teoría feminista, la violencia de género no sólo es un problema de hombres hacia mujeres, sino también de hombres hacia hombres. 

Las propuestas en este tema nos sitúan ya en un momento en el que que cabe pensar en el hombre que, arropado por la masculinidad tóxica, asume el estereotipo de ser fuerte y poderoso, pero quien también enfrenta múltiples dificultades para serlo.

 

Los hombres sufren de violencia y abusos de poder. Esto sin considerar que la vida se ha vuelto inmensamente precaria para la mayoría; la falta o la inestabilidad de empleo, la carencia de todo tipo de vínculos y el desarraigo dejan al hombre, igualmente, en una situación vulnerable.

Así, la violencia entre hombres no está visibilizada, aun cuando ésta afecta a toda la sociedad.

La mayoría de los hombres que violentan, fueron a su vez violentados por su padre o por algún otro hombre y esto, probablemente, les causó un trauma que pocas veces se atiende, pero que muchas se replica.

Los hombres no denuncian por miedo a no “ser suficientemente hombres” y, al no saber cómo resolver estas agresiones, muchas veces las replican hacia otros hombres, mujeres y niños. De acuerdo con el INEGI, la tasa de muertes por homicidio en 2018, es de 89.26 % hombres y 10.74% mujeres.

Violentar y ser violentado, destruyen la identidad, y construir una nueva lleva tiempo y esfuerzo. No es sencillo pensar de manera consciente en quién era esa persona antes de normalizar esta violencia y quién quisiera ser hoy.

 

Para el hombre violento es difícil detener su violencia porque esto requeriría aceptar la igualdad con los otros, y ¿por qué querría perder estos privilegios de poder? Además, aunque muchos hombres sufren por no alcanzar el “ideal masculino”, todos se benefician del sostenimiento del modelo patriarcal.

 

 

 

Nadie nos enseña cómo dejar de ser machistas. Los hombres debemos emerger debajo de toneladas de prejuicios y de mandatos arraigados; debemos desempolvar nuestro miedo, aceptarlo y asimilarlo. Necesitamos pensar en otras formas de vivir como hombres en esta sociedad; formas que no exijan aislamiento emocional, productivismo, pérdida del contacto real con otros hombres, estrés y, sobre todo, silencio.

Es necesario trabajar con los hombres que ejercen violencia y con aquellos que sufrieron violencia durante su infancia. Es necesario pensar en nuevas masculinidades, que den una definición diferente a la fuerza, al poder, a la unión; que recuperen el contacto con la naturaleza , la vivencia de emociones profundas y revaloricen ciertos códigos de ética y amistad. Es necesario cambiar la lista de atributos que corresponden a un género, por otros que se consideren simplemente atributos humanos. Es necesario luchar contra la violencia, contra la masculinidad tóxica, y no contra los hombres.

Foto de Kat J en Unsplash
*Manuel Turrent Riquelme es terapeuta narrativo, especialista en temas de violencia.